Una vez instalados en casa las cosas no fueron mucho más sencillas, pero al menos estábamos en casa y eso ya era una bendición, vivíamos literalmente pegadas a los niños quienes al ser prematuros teníamos que hacerlos comer religiosamente (para que ganaran peso) cada 3 hrs. día y noche, tardábamos cerca de 1 hr. en alimentarlos ya que aun eran muy pequeños y aún no tenían la fuerza suficiente para succionar ni del pecho ni de un biberón así que les dábamos de comer con jeringa luego esperábamos un rato antes de acostarlos ya que por el reflujo que tenían no era recomendable acostarlos inmediatamente y después pasaba la siguiente hora extrayéndome leche mientras Bety trabajaba por lo que en realidad dormir solo era a ratos.
Adicionalmente a alimentarlos con jeringa teníamos que tener la manguera con oxígeno a nuestro lado ya que Mikel cada que comía se agitaba mucho hasta que se ponía azulado, yo me asustaba mucho pero Bety mantenía la calma y poco a poco fue necesitando menos el oxígeno hasta que finalmente unas semanas después pudimos quitárselo por completo. Sin lugar a dudas el que Mikel superara esa etapa fue una de mis mayores alegrías en esos días.
Así comenzaron a pasar los días y cada pequeño logro se convertía en un motivo de alegría extrema como cuando finalmente comenzaron a comer del biberón o cuando pude alimentarlos del pecho a los dos al mismo tiempo. Poco a poco empezamos a conocernos mamás e hijos y aunque nuestra vida no volvió a ser igual (ni lo volverá a ser) al menos ya estábamos felices los 4.
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